SOBRE LOS OBISPOS


En estos días en que la autoridad de los obispos parece estar puesta en tela de juicio por determinados sectores de la Iglesia, me ha hecho pensar mucho la nota al pie de una foto de la ceremonia de posesión del nuevo Obispo de Gerona publicada en el núm. 1.163 de Cataluña Cristiana del pasado 3 de enero y en la que se lee": el Obispo... recibió muestras de obediencia y respeto..." Esto unido a lo que estos días he oído y leído sobre el trato dado por ciertas personas al episcopado, me ha llevado a recordar lo estudiado y asimilado como vivencia personal por ser vivencia eclesial sobre la fe de los primeros cristianos respecto al ministerio episcopal.
Para ello, acudo al testimonio de uno de los grandes padres, pastores y mártires: San Ignacio de Antioquia. De San Ignacio se dice que fue ordenado para el episcopado por los apóstoles (San Juan Crisóstomo Hom. in St. Ig.", IV. 587) y que incluso fue destinado a Antioquía por San Pedro (Teodoreto de Ciro "Dial. Immutab.", I, iv, 33a), sustituyendo a Evodio (Eusebio, "Hist. Eccl.", II, iii, 22).
Junto con San Policarpo de Esmirna fue, casi con total seguridad, uno de los testigos directos de la predicación de San Juan. Su testimonio es valiosísimo para entender el período posterior a la era apostólica. Al ser uno de los líderes cristianos más amados por toda la Iglesia de aquel tiempo, sus palabras fueron acogidas con respeto y devoción por todos, y fueron pasando a formar parte de nuestra tradición católica. Pues bien, esto es lo que enseñó San Ignacio acerca del papel de los obispos, del presbiterio, los diáconos y el resto del Pueblo de Dios:

A los Efesios:
IV. ...Es apropiado que andéis en armonía con la mente del obispo; lo cual ya lo hacéis. Porque vuestro honorable presbiterio, que es digno de Dios, está a tono con el obispo, como si fueran las cuerdas de una lira. Por tanto os es provechoso estar en unidad intachable, a fin de que podáis ser partícipes de Dios siempre. V... Os felicito de que estéis íntimamente unidos a él, - al obispo- como la Iglesia lo está con Jesucristo y como Jesucristo lo está con el Padre, para que todas las cosas puedan estar armonizadas en unidad. VI. Y en proporción al hecho de que un hombre vea que su obispo permanece en silencio, debe reverenciarle aún más. Porque a todo aquel a quien el Amo de la casa envía para ser mayordomo de ella, debe recibírsele como si fuera el que le envió. Simplemente, pues, deberíamos considerar al obispo como al Señor mismo.

A los Magnesianos
III.
Os corresponde a vosotros también no tomaros libertades por la juventud de vuestro obispo, sino, según el poder de Dios el Padre, rendirle toda reverencia, tal como he sabido que los santos presbíteros tampoco se han aprovechado de la evidente condición de su juventud, sino que le han tenido deferencia como prudente en Dios; no ya a él, sino al Padre de Jesucristo, a saber, el Obispo de todos. IV. Por tanto, es apropiado que no sólo seamos llamados cristianos, sino que lo seamos; tal como algunos tienen el nombre del obispo en sus labios, pero en todo obran aparte del mismo. Estos me parece que no tienen una buena conciencia, por cuanto no se congregan debidamente según el mandamiento. VII. Por tanto, tal como el Señor no hizo nada sin el Padre, [estando unido con Él], sea por sí mismo o por medio de los apóstoles, no hagáis nada vosotros, tampoco, sin el obispo y los presbíteros. XIII. Que vuestra diligencia sea, pues, confirmada en las ordenanzas del Señor y de los apóstoles.

A los Filadelfianos
VIII.
Donde hay división e ira, allí no reside Dios. Ahora bien, el Señor perdona a todos los hombres cuando se arrepienten, si al arrepentirse regresan a la unidad de Dios y al concilio del obispo.

A los Esmirneanos
VIII.
Pero evitad las divisiones, como el comienzo de los males. Seguid todos a vuestro obispo, como Jesucristo siguió al Padre, y al presbiterio como los apóstoles; y respetad a los diáconos, como el mandamiento de Dios. Que nadie haga nada perteneciente a la Iglesia al margen del obispo.
IX. Es bueno reconocer a Dios y al obispo".


Bien, pues esa era la fe de la Iglesia a finales del siglo I y principios del II. Así había de organizarse cada iglesia particular, según la enseñanza de alguien que recibió la verdad evangélica de boca de los apóstoles. De lo que se puede deducir que quien se ensaña, en nombre de una falsa libertad y un falso progreso, contra el obispo está minando gravemente los cimientos de la unidad y porque no, en consecuencia, de la fe católica.

El propio San Ignacio aconseja en una carta a otro obispo, San Policarpo de Esmirna:
"Reivindica tu cargo con toda diligencia de carne y de espíritu. Procura que haya unión, pues no hay nada mejor que ella. Soporta a todos, como el Señor te soporta. Toléralo todo con amor, tal como haces. Entrégate a oraciones incesantes. Pide mayor sabiduría de la que ya tienes. Sé vigilante, y evita que tu espíritu se adormile. Habla a cada hombre según la manera de Dios. Sobrelleva las dolencias de todos, como un atleta perfecto. Allí donde hay más labor, hay mucha ganancia. II..... Más bien somete a los más impertinentes por medio de la mansedumbre. No todas las heridas son sanadas por el mismo ungüento. Sé prudente como la serpiente en todas las cosas e inocente siempre como la paloma... Sé sobrio, como atleta de Dios. III. No te desmayes por los que parecen ser dignos de crédito y, pese a todo, enseñan doctrina extraña. Mantente firme como un yunque cuando lo golpean. A un gran atleta le corresponde recibir golpes y triunfar. Pero por amor de Dios hemos de soportar todas las cosas, para que Él nos soporte a nosotros".

Espero que estos textos puedan ayudar a más de una persona, como a mí, a ver las cosas quizás con más objetividad y claridad.

Joaquín Climent Abad
presbítero


Índice Cartas del Director

Página principal