CIVITAS DEI…
es un estilo de amar en Su nombre. Es una asociación privada de fieles católicos que ponen en común la experiencia de construir el Reino de Dios entre los hombres sin hacer distinción de personas. La misma Iglesia es quien nos anima a ello: “Existen en la Iglesia asociaciones distintas a los institutos de vida consagrada y de las sociedades de viva apostólica, en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto publico, o la doctrina cristiana o realizar otras actividades de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de las obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal” [1] y “Los fieles tienen la facultad, mediante un acuerdo privado entre ellos de constituir asociaciones para los fines de los que se trata en el Canon 298”[2] con claros objetivos y medios de realizarlos debidamente reglamentados, sin que esto suponga no escuchar atentamente las inspiraciones y mociones del Espíritu Santo en cada momento y ocasión: ”La admisión de los miembros debe tener lugar de acuerdo con el derecho y con los estatutos de cada asociación”[3] y “Los fieles dirigen y administran las asociaciones de acuerdo con las prescripciones de los estatutos”[4]
El recién celebrado Concilio Provincial Tarraconense que reunió las ocho diócesis de Cataluña (España), afirma: “Hay que realizar una tarea de concienciación y de formación de todos los cristianos y cristianas en orden a vivir con coherencia la fe y la vida, a poder dar razón de la esperanza y a testimoniar el amor de Dios.”[5]
“El C.P.T. invita a cada cristiano a comunicar a Cristo resucitado a los hombres y mujeres de su entorno a través del testimonio y de la palabra, y anima a todos los creyentes, grupos eclesiales y movimientos especializados a continuar la tarea de la evangelización de su propio ambiente. El cristiano ha de aportar a nuestra sociedad un estilo de vida sobrio, solidario, de esperanza, de alegría que se comunica, de gratuidad, de compromiso y de participación en la vida publica, y también de libertad frente a los nuevos ídolos sociales.”[6]
Con atención y generosidad escuchamos la voz de la Iglesia que nos estimula a la comunidad y al compromiso de ser testigos de Jesucristo: “ Un laico es todo fiel cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo, integrado al Pueblo de Dios es hecho participe, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, en la Iglesia y en el mundo. El carácter secular es propio de y peculiar de los laicos. Viven en el siglo, en todos y cada uno de sus deberes y ocupaciones del mundo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. A ellos corresponde obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Desempeñando su profesión, guiados por espíritu evangélico, contribuyen a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento; haciendo así manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente por el testimonio de su vida. A ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales.”[7]
“Además de los apostolados individuales, el apostolado organizado responde adecuadamente al hombre como ser social, y es signo de comunión y de la unidad e la Iglesia. Por esto se ha de ejercer el apostolado aunando los esfuerzos en el seno de las familias, como en las Parroquias y en sus Diócesis, que expresan el carácter comunitario del apostolado, en una forma asociada y organizada.” [8]
“La etimología de la palabra laico ofrece el sentido de miembro peculiar del Pueblo de Dios que es la Iglesia. Esta peculiaridad laical consistirá en aspirar a la santidad y ejercer la misión en y desde las estructuras humanas y en las circunstancias del mundo para insertar en el mundo el espíritu evangélico. Son tres las características peculiares de la vocación laical: a) Secularidad: Insertarse en el mundo o en los asuntos temporales. b) Fermento evangélico: Impregnar de evangelio el mundo, obrando desde dentro de las mismas realidades temporales. c) Siendo miembro peculiar del pueblo de Dios: Siempre en la comunión y misión de la iglesia, participando responsablemente en su misma naturaleza en todos los niveles proféticos, sacerdotales y reales, salvo en lo que derive estrictamente del sacramento del orden.”[9]
“Los laicos pueden ser llamados a colaborar con los pastores en el servicio de la comunidad eclesial, ejerciendo ministerios muy diversos, según los carismas que el Señor les ha concedido... al lado de los ministros ordenados, la Iglesia reconoce el lugar de los ministerios no ordenados, aptos para asegurar un servicio especial a la Iglesia. Para esto es útil echar una mirada a los orígenes de la Iglesia, y la atención a las necesidades actuales de la humanidad y de la Iglesia.” [10]
“Entre todos los fieles por su regeneración en Cristo, existe una verdadera igualdad de dignidad y de acción, por la cual todos, según la propia condición y función cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo… Las diferencias que el señor ha querido poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión… Los laicos habiendo recibido una participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, tienen parte en la misión de todo el pueblo de Dios dentro de la Iglesia y en el mundo”[11]
Pueden ser miembros de Civitas Dei (CIDE) laicos casados, matrimonios, solteros, sacerdotes, religiosos, obreros y profesionales, de distintas áreas que fieles al magisterio de la Iglesia y a la experiencia viva de la Renovación Carismática Católica se esfuerzan en ayudarse a ser “sal de la tierra y luz del mundo”(Mt.5,13-14), unidos en la oración y en la mesa de Jesús, la Eucaristía. Para ello nos ayudamos a ser “una carta escrita por Cristo mismo, grabada en corazones humanos, sin considerar nada como nuestro, al contrario, todo lo que podemos hacer viene de Dios, pues Él es quien nos capacita para ser servidores…Los laicos”(2 Cor.3,3-5)
Hombres y mujeres de varias edades y gran pluralismo en sus actividades laborales conscientes de ser llamados por Dios a vivir en la Iglesia Católica de forma sencilla en caridad fraterna los dones de la fe y la esperanza, buscando santificar el nombre de Dios en la actividad diaria, haciendo más accesible la vivencia del reino a los demás siendo sus testigos con un compromiso formal por librarlos del mal.
UNA VOCACION
“Ser santos”…(Ex.22,30)
“Ser perfectos”…(Mt.5,48)
Creemos que vivir la llamada a la santidad según el plan de Dios, exige redescubrirnos y reconocernos personalmente en el mismo corazón amoroso de Dios, según el Espíritu Santo, que es quien guía nuestra vida en el camino de la Verdad, amándonos como Él nos ama y sabiéndonos edificado “para ser su morada”(Ef.2,22). Hacemos experiencia de fe y esperanza en el ámbito de la Renovación Católica en el Espíritu porque encontramos en ella medios que nos ayudan eficazmente para vivir con más plenitud el cristianismo.
Siendo conscientes de la peculiaridad del laico en el corazón de la Iglesia, queremos ser junto a los sacerdotes y religiosos, consecuentes con la misma y responder adecuadamente al llamado que Dios nos hace a ser santos y apóstoles en medio de las estructuras humanas a modo de fermento, es decir, “en el corazón del mundo”[12]
Unidos por la fe, la esperanza y la caridad fraterna, y por la realidad de la vivencia personal y comunitaria de la espiritualidad de la Renovación Carismática Católica, nos sentimos llamados a: “Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar a los hermanos como a nosotros mismos” (Mc.12, 30,31) y buscamos ayudarnos los unos a los otros en este caminar por el misterio de la relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios.
Entendemos que la mejor manera de valorar la obra del Señor en nuestra vida es saber reconocer también su obra providente en la vida de los demás. Esto nos permite aceptar y amar fraternalmente a los otros compartiendo en caridad una misma meta…”la salvación que viene de Dios”
· Como pueblo sacerdotal nos sentimos llamados a ser un cántico de alabanza a la gloria del nombre de Dios, con un llamado muy concreto a la oración de alabanza y a la de adoración, especialmente ante el Santísimo Sacramento.
· Como pueblo profético, el Señor nos ha llevado a vivir y testificar su mensaje y las exigencias de la fe en medio de su pueblo
· Como pueblo real nos sabemos herederos del Reino de Dios nuestro padre, con todas las gracias de su amor misericordioso y providente, manifestado especialmente a través de los dones y carismas de su santo Espíritu y deseamos compartirlos con todos los hombros sin hacer acepción de personas
Como miembros del pueblo de Dios, y conscientes de lo que ello significa, deseamos ser coherentes con la fe recibida en la Iglesia, y al oír la llamada del Señor desde cada una de nuestros compromisos y responsabilidades en la sociedad y en la Iglesia, según nuestro estado de vida queremos ayudarnos a responder como Samuel: “Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Sam.3,9) y como Isaias: “Envíame a mi”(Is.6,9.), y tanto individualmente como unidos en fraternidad dar testimonio de la experiencia de conocer a de Jesucristo vivo y reconocerlo presente en medio de la Iglesia y la sociedad.
En la perspectiva evangélica el verdadero poder y autoridad es el de Jesús crucificado, quien “no vino ser servido sino a servir”, (Mt.20,28) y quien nos enseña a amar hasta dar la vida. Este es el mayor servicio hecho a la humanidad …esto es camino de perfección y santidad, muchas veces difícil de aprender y de recorrer; pero que nos lleva sin duda alguna al Padre. Para esto hará falta dejarnos “conducir al desierto por el espíritu” (Mt.4,1) y ayudarnos unos a otros a ser cada vez más fieles a la vocación a la santidad y a la perfección a la que estamos llamados tanto individual como comunitariamenmte.
“Id por todo el mundo a anunciar el evangelio” Mc.16,15 Este evangelio que es buena noticia para nuestras vidas y en nuestra vidas y al que hemos conocido y al compartimos en la Iglesia Católica nos empuja a ser cada vez más sus testigos delante de más y más hermanos de todas partes, sin frontera ni limite, y sin hacer acepción de personas.
UNA ESPIRITUALIDAD
“Son hijos de Dios los que se dejan guiar por el espíritu de Dios,… no recibisteis un espíritu de os haga esclavos y os vuelva al temor, recibisteis un espíritu que os hace hijos… herederos de Dios, coherederos don el Mesías” (Rm.8,14-17)
“Todo fiel cristiano incorporado a Cristo por el bautismo, integrado a la Iglesia pueblo de Dios, es hecho participe, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, en la Iglesia y en el mundo”[13]
Sabemos que somos hijos de Dios y deseamos vivir explícitamente como tales, siendo coherentes con la fe en todos los ámbitos de la vida diaria…”El bautizado consecuente con el Don de Dios al escoger seguir a Jesús busca y persigue la santidad a partir de medios que le son dados según su estado”[14] Para poder vivir mejor esta experiencia de comunión y participación con Cristo en la Iglesia, hay que buscar adquirir una mentalidad de ciudadano del mundo en el que se debe testimoniar el amor de Dios. Nos unimos para ayudarnos a adquirir una mejor concienciación y formación, así como para poder discernir y seguir mejor las mociones del Espíritu Santo.
Reconociendo y valorando la unidad en el pluralismo, tenemos muy claro que en la Iglesia, desde la Iglesia, con la Iglesia y para la Iglesia buscamos canales de una mayor fidelidad personal y comunitaria al Evangelio, y de vivencia y realización de los “dones y carismas para el bien común” (1 cor.12,7)
Compartir la fe, la esperanza y la caridad desde una opción comprometida, libre y sincera con personas de otro estado de vida, de otro sexo, de otra cultura y formación, en definitiva vivir el pluralismo eclesial, nos lleva a profundizar en el amor universal de Dios y a descubrir el pleno significado de las relaciones humanas.
Deseamos ser testimonio y vehículo de unidad, y descubrimos en la vivencia de la Renovación Carismática y en nuestra experiencia de Asociación medios que facilitan la vivencia de la unidad: la oración, la amistad y la vida en familia.
Jesús oro por los discípulos y apóstoles, por todos los creyentes, también por nosotros: “Padre, te pido que ellos sean uno como Tu y Yo somos una sola cosa, para que el mundo crea que me has enviado” (Jn.17, 21)
Como todos los cristianos hemos de fundamentar nuestra espiritualidad personal y comunitaria en las Sagradas Escrituras, donde desde el inicio hasta la ultima pagina encontraremos como punto de referencia a Jesús de Nazaret, quien es su centro y quien nos invita a hacer experiencia de ser hijos de Dios, es decir a reconocer la presencia del Padre en cada momento de nuestra vida, lo que se podría llamar también el hacer experiencia viva de Dios vivo, dejando que esta experiencia tenga clara y concreta repercusión en la vida.
Centrar nuestra revisión de vida en las Sagradas Escrituras yendo más halla de una simple lectura de la Biblia. Queremos dejar que ella nos interpele y cuestione, es Dios que habla…, nosotros debemos responder…respondiéndonos.
Nos proponemos vivir consecuentemente el fundamento de nuestra fe, la realidad de que Jesús el Cristo ha resucitado y está vivo entre nosotros: “Estamos convencidos de la actualidad misteriosa de las palabras y hechos evangélicos. Él vive “ahora”, para “los hombres de hoy”, “los mismos misterios”. Hoy vive la Navidad, el encuentro con la samaritana, el amor a los amigos, el anuncio de la pasión. Hemos de leer así – la Palabra de Dios- para encontrarnos comprometidos y ver como los demás creyentes también lo están. No es sólo recordar su ejemplo de cómo actuar, sino ver la demostración de cómo Él actúa ahora”. [15]
Sabemos y tenemos maravillosas experiencias de que la Iglesia, cuerpo místico de Jesucristo es esencialmente comunión, comunidad, y vivir esta dinámica comunitaria con todas sus exigencias es para nosotros uno de los medios mas importantes de la vida espiritual. Queremos ser testigos de la presencia de Cristo en la Iglesia viviendo y testimoniando el sentido de unión, comunión y participación: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt.18,20). Sabemos que la capacidad santificadora y evangelizadora de la Iglesia depende de la vivencia comunitaria: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros” (Jn.13,35)
Resuenan en nuestro corazón las palabras del salmo: “ Buscad mi rostro” Sl.27,8 y “Si hoy escucháis la voz del señor no endurezcáis el corazón” Sl. 95,8
Hemos escuchado la voz del Señor quien después de mirarnos a los ojos ha dicho nuestro nombre, el de cada uno, el de cada matrimonio, el de cada familia y nos ha ungido con su amor y confianza. La voz de Dios que resuena y resonará por siempre en nuestros corazones nos confía una doble inquietud: ser y vivir como auténticos hijos suyos tomando como ejemplo a Jesús de Nazaret, el Cristo, y ser sus testigos ante todas las personas, ambientes y circunstancias.
Hemos escuchado la voz del Señor quien después de mirarnos a los ojos ha dicho nuestro nombre, el de cada uno, el de cada matrimonio, el de cada familia y nos ha ungido con su amor y confianza. La voz de Dios que resuena y resonará por siempre en nuestros corazones nos confía una doble inquietud: ser y vivir como auténticos hijos suyos tomando como ejemplo a Jesús de Nazaret, el Cristo, y ser sus testigos ante todas las personas, ambientes y circunstancias. “Una comunidad viva es un hecho evangelizador”[16]
“Id por todo el mundo a anunciar el evangelio” Mc.16,15 Este evangelio que es buena noticia para nuestras vidas y en nuestra vidas y al que hemos conocido y al compartimos en la Iglesia Católica nos empuja a ser cada vez más sus testigos delante de más y más hermanos de todas partes, sin frontera ni limite, y sin hacer acepción de personas.
“La ley del Señor en nuestro corazón” Sal.27,8
“El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar la vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos, a anunciar el año favorable del Señor” Luc.4,18,19 (cf. Is.61,1-2)
“Sin el Espíritu, Dios esta lejos, Cristo pertenece al pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad una imposición, la misión es propaganda,,, Pero, en el Espíritu, el cosmos bulle y gime con los dolores del reino, se hace presente Cristo resucitado, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad se hace servicio liberador, la misión es Pentecostés” [17]
Hemos de buscar en la Palabra de Dios su voluntad y con ella su mirada sobre cada uno de nosotros que nos interpele, amoneste y estimule.
Sabemos por experiencia que es el Espíritu Santo quien nos ayuda a entender y amar la voluntad de Dios y a entender y a amar la palabra de Dios, no podemos olvidar que El es quien nos lleva a la verdad completa y nos hace comprender aquello que aún no comprendemos de Jesús y su mensaje. El es quien “intercede por nosotros con gemido inefables” (Rm.8,26)
Así, vivimos la experiencia de que “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm.8, 26), y así “encontramos nuestra fortaleza” (1Tim.1,12) de la que nos ha revestido por misericordia para poder día a día “Coger la cruz y seguir a Jesús” (Lc.9,23). En plena comunión eclesial.
Ser miembros de Civitas Dei nos ayuda a integrarnos cada día más en el Cuerpo de Cristo, desde la perspectiva de entender y amar más la obediencia a la jerarquía, así como a la tradición de la Iglesia y tomando mas conscientemente nuestra responsabilidad como miembros activos de la Iglesia. Sentimos un llamado especial a la unificación, de la que deseamos ser testigos, desde nuestra vivencia de la espiritualidad de la Renovación Carismática Católica en Civitas Dei; pero sin olvidar, antes bien fomentando, nuestro compromiso apostólico desde las parroquias y las diócesis.
Compartir la fe, la esperanza y la caridad desde una opción comprometida, libre y sincera con personas de otro estado de vida, de otro sexo, de otra cultura y formación, en definitiva vivir el pluralismo eclesial, nos lleva a profundizar en el amor universal de Dios y a descubrir el pleno significado de las relaciones humanas.
FE y CONFIANZA
Jesús nos enseña a confiar en el Padre. Queremos escuchar a Jesús quien nos transmite lo que recibe del Padre, y asimismo queremos dejar que su espíritu actúe con los signos que Él realizó.
“Creer no es solo profesar una fe fría y distante en las celebraciones masivas de la Iglesia. La verdadera fe es la que el mismo Cristo valoraba en los que se acercaban a El. La fe vital, la que es capaz de creer como posible lo imposible. La fe que adelanta el futuro, la que es capaz de convertir cinco panes y dos peces en comida abundante para más de cinco mil personas. La fe que es capaz de mover montañas. La fe de los que recrean la vida y la llenan de entusiasmo…La fe de los que rezan sabiendo que van a se escuchados”[18]
Necesitamos crecer en una experiencia de fe que nos permita vivir el inigualable don de la esperanza, sabiendo que “todo lo podemos en Aquel que nos conforta” (Flp.4,13) sabiendo que el Espíritu Santo nos asiste e inspira, incluso intercediendo por nosotros con gemidos inefables.
Hecha la creación, Dios no abandona su criatura a sí misma. No se contenta con darle el ser y la existencia: la conserva en cada momento…le da la fuerza de actuar i la conduce a su termino. Reconocer esta dependencia completa en relacion a nuestro Creador es una fuente de sabiduría y gracia de Dios que nos permite reconocernos gratuitamente libres y poder compartir desde esta libertad con Dios y con los demas. Los demas recuperan así ante nosotros una serie de valores que al margen de esta experiencia de filiación divina podríamos no reconocer,... y es un camino de purificación, sencillez y humildad.
Este caminar nos ayuda a crecer en la experiencia de fe y confianza
AMISTAD
Jesús afirma: “ya no os llamaré siervos… sino amigos (Jn.15,15) y sabemos que Jesús nunca habla por hablar, El quieres ser nuestro amigo, el quiere ser nuestro mejor amigo, el “amigo del alma” y nos enseña con su testimonio como serlo.
En Cristo, nuestro mejor amigo, el amigo de todos, se nos revela que Dios es amor (1 Jn.4,8), san Pablo nos lo recuerda: “En Cristo se ha hecho visible la bondad de Dios y su amor a los hombres” (Tt,3,4)
Para poder ser “de los amigos de Jesús” hay que cumplir con ciertos requisitos, de los que Jesús mismo expone ya algunos en el citado capitulo 15 del evangelio según San Juan: “Sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (v.14). Jesús también nos enseña como en la vida de amistad hay que compartir íntimamente las realidades más importantes de la vida: “Os he llamado amigos porque todas las cosas que oí de mi padre, os las he dado a conocer” (v.15).
En la vida cada uno se cree libre para elegir a sus amigos, en el ámbito de la fe, es Jesús quien nos elige: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”(v.16), y lo ha hecho en la dinámica providente de la historia de la salvación: ”Os he puesto para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (v.16) Esta es quizás la más dura pero también la más dichosa exigencia de nuestra fe: ser testigos de la amistad y bondad de Dios en un mundo tan lleno con frecuencia de odio y por lo mismo tan desgraciado”[19]
Humanamente entendemos que la relación con un amigo es de intimidad y sinceridad, y lo mismo desde el ámbito de la fe. Con el amigo se puede actuar sin miedo, nos conoce y acepta, por eso, en él ponemos muchas veces la esperanza porque generosamente nos permite compartir su fidelidad y su amor. Al amigo le abro muchas veces la parte más intima de mí mismo y acepto de él las amonestaciones y advertencias ante hechos y circunstancias, de actitudes y hechos que para mí incluso pasan desapercibidas o considero sin valor.
Dios por Jesucristo se hace por propia iniciativa amigo del hombre… mi amigo, nuestro común amigo. Amigo de los de verdad, amigo y compañero en el camino de la vida.
Amistad que fundamentada en la fe nos impulsa a aceptar el amor gratuito de Dios, y que al sabernos amados por Dios nos permite entrar asimismo gratuitamente en esta corriente de amor divino, compartiéndolo con los hermanos.
“El descubrimiento de esta amistad insondable y gratuita de Dios nos ha de llevar a revisar a fondo formas falsas de entender la experiencia religiosa, que pueden desfigurar substancialmente la realidad de Dios y nuestra relación con Él.”[20]
Como a través de Cristo, a través nuestro debe manifestarse que “Dios es amor” (1 Jn. 4,8) y porque lo hemos experimentado y podemos dar testimonio de ello, proclamar que su realidad más profunda es amarnos gratuitamente.
Ser testigo de Cristo, ser de los suyos nos lleva a ser como El, “sembrador de amistad, creador de comunión amistosa... ser testigos del cariño y la amistad de Dios hacia todos.”[21]
FRATERNIDAD
“Vuestra fe está creciendo y el amor que cada uno tiene por los otros es cada vez mayor” (1 Tes.1,3)
La caridad fraterna es columna esencial en nuestra experiencia de fe y esperanza…: caridad sincera, ni débil ni ciega, caridad prudente, justa, templada como oro en el crisol de la oración y la corrección fraterna, en la intercesión de los unos por los otros delante de la misericordia de Dios. Caridad que sirva para apoyar en ella las virtudes humanas y que nos haga esperar todos los dones y carismas del Espíritu de Dios para el bien común. Caridad que nos impulse a dar gratis lo que recibimos gratis del amor y la providencia divina por la acción del Espíritu Santo.
La vida fraterna vivida consciente y consecuentemente “se hace escuela de oración y de relación con Dios, así como escuela de perfección humana y cristiana, y de apostolado. Hay que contar con la diversidad y complementariedad de carismas y cualidades humanas, dentro del común denominador constituido por el ideal o carisma del grupo... Cuando prevalece la fuerza del ideal (deseos de perfección y apostolado), las diferencias se hacen enriquecimiento mutuo...”[22]
Sabemos que la iniciativa del camino hacia la santidad, del camino de perfección es siempre de Dios y por esto, unidos como hermanos le damos gracias, lo adoramos y glorificamos.
Unidos en fraternidad podemos hacer la experiencia de que Dios salva al hombre a través del hombre y compartiendo por la gracia la categoría de hijos de Dios hacemos experiencia de crecer en la, fe madurar en la esperanza y de compartir el amor, con los de cerca y los de lejos.
La relación fraterna ayuda a madurar interiormente en el sentido de ir encontrando cada vez mas un mayor sentido de unificación interior y relación entre fe y vida, lo humano y lo cristiano de cada uno en cada momento.
Intentar vivir esta dinámica de sinceridad y autenticidad compartiendo amistad y fraternidad, nos lleva a revisar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios. Como grupo de revisión de vida nos comprometemos “a ayudar para la vida cristiana de perfección y de evangelización en la perspectiva de las bienaventuranzas y del mandato del amor... se hace la relectura del evangelio para iluminar los acontecimientos.”[23]
En torno a María revivimos la espera del Espíritu Santo como en el cenáculo y compartimos la oración y el deseo de dejarnos transformar por El, poniendo todo lo necesario de nuestra parte, espiritual, moral, sociológica y físicamente y así vamos transformando cada vez en un grupo de fieles que ora y que enseña a orar, que ama y enseña a amar, y que se santifica y orienta a sus miembros por el camino de la santidad.
REVISION DE VIDA
Se da revisión de vida propiamente dicha cuando partiendo de un hecho lo analizamos a la luz del evangelio y sacamos unos compromisos concretos que revisamos periódicamente y nos ayudamos a cumplir. La metodología en este caso es la acostumbrada y tradicional en la revisión de vida:
1. Compartir o VER: Mirar y analizar lo mas objetivamente posible un hecho personal, familiar, comunitario, eclesial o social.
2. Discernir o JUZGAR: Haciéndolo a la luz de los criterios evangélicos y bajo las mociones del Espíritu Santo, haciéndolo sin prejuicios ni condicionamientos ideológicos o bajo motivos personales que nos implican.
3. Interceder o ACTUAR: Por medio de compromisos concretos de renovación personal y fraterna.
“Se trata de un análisis cristiano de la realidad para llegar a asumir unos compromisos concretos por parte de cada persona y del grupo como tal. En realidad, todo momento de vida auténticamente comunitaria, si es autentica, es ya una revisión de vida como lo es también un momento de desierto, retiro espiritual, ejercicios, etc. Pero la revisión de vida estrictamente dicha en una metodología concreta que puede enriquecer a los demás medios de compartir la vida con los hermanos.”[24]
FORMACION
Por vocación hemos de analizar la realidad, iluminarla desde los valores evangélicos y asumir responsabilidades concretas de cara a nosotros mismos, a los demás y claro está, de cara a Dios, para quien nada hay que sea oculto. Por ello hemos de prepararnos espiritual y humanamente, haciendo producir los talentos que Dios nos ha da a cada uno y en cada momento.
Hemos de ser testigos convencidos que guiemos nuestras actuaciones por convicciones y motivaciones profundas, entregados por encima de todo a amar a Dios, como Juan hemos de dar testimonió de lo que hemos visto, tocado y oído de Jesús (1 Jn. 1) en estrecha relación con la Iglesia y todos sus Pastores, para ello debemos buscar os medios más eficaces y actuales y posibiliten una mas y mejor difusión de la Buena Nueva de Jesucristo.
Nos ayudamos a crecer en el aspecto de formación humana: armonizando lo emotivo y lo intelectual, integración de tendencias bajo la fuerza y gracia de la fe, de la razón, la voluntad y el amor, buscando coherencia entre lo que somos y profesamos, sinceridad, fidelidad y responsabilidad. Hemos de ser personas capaces de tomar decisiones prudentes y discernidas según la voluntad de Dios y para ello buscamos una estabilidad espiritual. En ambiente familiar cumplir con las obligaciones, rectitud y disciplina, crecer en austeridad y orden. Fomentar entre nosotros y con los demás una mayor comunicaron y cordialidad. Fomentar la sinceridad la lealtad y el agradecimiento.
Nos ayudamos a crecer en el aspecto de la formación espiritual: Deseamos ser por encima de todo, hombres y mujeres de Dios. Y como tales nos sabemos responsables de llevar el anuncio del evangelio a los demás. Por todo ello nuestra vida espiritual debe tener auténtica coherencia entre lo que se piensa, se confiesa y se practica. En la base de todo caminar en este sentido esta el animarnos y fomentar la vida de oración tanto personal como comunitaria en busca de una mayor unión con Dios. Desde la humildad hemos de vivir una piedad profunda y autentica, para ello será muy positivo el actuar apostólico de entrega en sencillez a servir a los demás, empezando por los de mas cerca y pensando en todo nuestro prójimo. Nos estimulamos y acompañamos en el caminar espiritual y buscamos alcanzar una mayor perfección
REFLEXIONEMOS SOBRE TODO ESTO
“Son hijos de Dios los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios... No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor: recibisteis un espíritu que os hace hijos... herederos de Dios, coherederos con el Mesías” (Rm.8,14-17)
La Santísima Trinidad por el bautismo ha consagrado la persona y la vida del cristiano. Esta inserción en la vida trinitaria engendra adhesión radical a la persona viva de Cristo. Esta adhesión implica la renuncia a Satanás, y al espíritu del mundo “Proceded guiados por el Espíritu y nunca cederéis a deseos mundanos... los objetivos de los bajos instintos son opuestos al Espíritu, porque los dos están en conflicto”(Gal.5,16-17). Todo ello conduce a continuas renuncias y afirmaciones de estilos y modos de vida.
El bautizado no busca renunciar a las cosas por ellas misas, no escoge renunciar a esto o a lo otro por el mismo; pero acepta las renuncias que exige cada momento su adhesión a Jesucristo. En y desde la oración se descubre que no hay mejor accesis que la que nos propone el vivir cotidiano.
El único sentido de las renuncias esta en escoger: seguir a Jesús obediente pobre y casto, quien es el mismo, ayer, hoy y siempre, Señor y Mesías, el único Camino, la única Verdad y la única Vida revelada por Dios.
El bautizado consecuente con el don de Dios al escoger seguir a Jesús busca y persigue la santidad a partir de los medios que le son dados a vivir según su estado. [25]
Todo fiel cristiano incorporado a Cristo por el bautismo, integrado a la Iglesia pueblo de Dios, es hecho participe, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, en la Iglesia y en el mundo.[26] Para vivir esta experiencia de comunión y participación con Cristo en la Iglesia, hay que buscar adquirir una mentalidad de ciudadanos del mundo en el que se debe testimoniar el amor de Dios y el amor a Dios, para ello falta una autentica concienciación y formación y el impulso del Espíritu Santo.
Algunas personas y no solo las que pertenecen a la tradicionalmente conocida “vida religiosa”, ni solo los ministros ordenados, dedican una parte de su tiempo y energías al servicio de la Iglesia anunciando de múltiples formas y maneras y con variados carismas el Evangelio de Jesucristo.
Algunos desean poder consagrar la vida entera al servicio de esta misión: “Id a anunciar la Buena Nueva”.[27] Algunos seglares, solteros y casados desean consagrarse y se consagran para siempre o temporalmente, con su competencia profesional al servicio de las instituciones de la Iglesia y sus obras.
Para vivir esta maravillosa entrega y vivencia de fe hay que aprender de Jesús quien vivió su consagración como Hijo de Dios dependiendo del Padre, amándole sobre todas las cosas y entregándose por entero a Su voluntad.
Hoy en día hay laicos que desde su vivencia personal, familiar y social desean asemejarse mas a Jesús obediente, pobre y casto porque por encima de personas, instituciones y cosas, Dios es el mayor bien de sus vidas, experimentando que todo don procede de Él.
Esto es también una realidad en Civitas Dei. Realidad que ha ido surgiendo como necesidad espiritual de muchos miembros a medida que han ido pasando los años y se ha crecido en la entrega amorosa a Dios.
Para vivir maduramente proceso la experiencia nos invita a dar un primer paso formado por:
v Crecimiento en la oración y vida sacramental.
v Experiencia de compartir fraterno.
v Consejo y/o dirección espiritual.
v Compromiso apostólico concreto y periódico.
v Aportación económica a favor de la Iglesia y sus obras de evangelización.
Después de estas experiencias y una seria reflexión desde la oración, oído el parecer de los hermanos puede pensarse en un segundo paso:
v Consagrarse a Dios uno y trino según el propio estado de vida con la ayuda de los compromisos de obediencia, pobreza y castidad.
Una consagración cristiana no deberá ser vivida jamas como una restricción irracional en la vida humana. Al contrario, es hacer una vida lo más normal y lo mas espiritualmente aprovechable posible.
La normalidad según el Evangelio debe ser la norma común de vida personal y comunitariamente entre cristianos.
La vida de Jesús era de plena consagración en obediencia, pobreza y castidad pero nunca fue anormal, ni se vanaglorio de su estilo de vida, ni lo impuso a la fuerza a nadie.
CONSAGRACION
“Recibiréis una fuerza, el Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros para ser mis testigos... hasta los confines del mundo” (Hch.1,8)
La Consagración es un compromiso explícito a hacer en cada momento de la vida lo que más agrada a Dios desde y con cada área, primero de nuestra vida personal, y en consecuencia, en y desde la experiencia comunitaria. Así por medio de la Consagración dirigimos lo que ofrecemos directamente como culto y servicio a Dios. Haciendo una oblación de entrega amorosa de cada uno de los instantes de la vida.
Deseamos dedicarnos a ser testigos del amor de Dios amándolo con toda la mente con todo el corazón y con todas las fuerzas, en todas las actividades de la vida. Llamados desde el bautismo a ser templos vivos del Espíritu Santo queremos ser coherentes con lo que decimos profesar.
Ante todo quien desea consagrarse al Señor debe cumplir con sus obligaciones bautismales, el compromiso de fidelidad ayudara al consagrado a tener actitudes que hagan posible el crecer en la santidad.
El consagrado esta llamado a descubrir y a vivir cotidianamente su realidad de hijo de Dios. El Señor quiere manifestarle su amor de Padre, hemos de estar atentos a todas sus manifestaciones.
El consagrado no debe pensar jamas que su vida es pensada por Dios aisladamente de la de los demás. Todo bautizado esta llamado a formar parte de la unidad eclesial, a formar parte activa en el pueblo de Dios. Ira concretando su amor a la Iglesia en la obediencia al Sumo Pontífice y a los Obispos, en la docilidad a las enseñanzas del Magisterio y siendo cada vez más consecuente con los estatutos y normas internas de vida de Civitas Dei.
El consagrado debe vivir con sencillez evangélica y en fidelidad al Señor el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios y los preceptos de nuestra Madre la Iglesia.
Una vida consagrada implica una fuerte vivencia del mandato del amor fraterno en su ambiente concreto, al modo de Jesús y María. Nos ilumina el recuerdo de la primera comunidad cristiana con la presencia de Cristo Resucitado entre los que se aman y s reúnen en su nombre.
La consagración exige caminar por el camino de las bienaventuranzas dejándose llenar de los dones y carismas del Espíritu Santo.
Además de la participación eucarística y la comunión, en el consagrado es fundamental la vida de oración y su manifestaciones. Habrá que buscar el tiempo necesario par poder estar a solas con el Señor y también con los hermanos. La oración debe ser confiada, continua y humilde, siempre unida a la conversión y al cambio de la propia vida que nos lleve a una mayor unión con los hermanos.
El consagrado tendrá un lugar privilegiado en su corazón para María. Ella nos recuerda el rostro materno de Dios y ella nos bendice con su incesante intercesión ante el trono de la gloria del Padre. Se tendrá en gran estima la practica del rezo del Santo Rosario en particular y en comunidad.
Si toda forma de orar es agradable ante Dios, especialmente lo es la oración liturgia, que el consagrado se esforzara por hacer.
La actitud del consagrado es especialmente de disponibilidad a las exigencias de la Asociación en general, de cada hermano en particular y en especial de los más pobres y necesitados espiritual y materialmente. La disponibilidad es una actitud que nos empuja a se como Cristo, servidor de los demás, amando como Él nos amó y nos ama.
No debemos olvidar que la invitación es a coger la cruz... Consagrados hemos de asumir la cruz de cada día y aquella Cruz que puede marcar toda nuestra vida. El dolor que cada una d ellas causa, debe de ser vivido en reparación por los pecados de la humanidad, actuando de manera que Dios siempre habite en nuestros corazones. El dolor vivido desde la fe es soportable porque el señor lo hace llevadero, ya que es El mismo el Cirineo que nos ayuda a avanzar en el camino de la vida de gracias y santidad.
Entendemos por compromiso de Obediencia: secundar en toda forma la palabra de Dios y el magisterio de la Iglesia y todas las orientaciones que se nos dan a la luz del Evangelio. Atender las obligaciones familiares, laborales y económicas a que estemos comprometidos.
Entendemos por compromiso de Pobreza; desprerdernos de las cosas superfluas y no apegar el corazón a las cosas materiales; usando de ellas sin darles mas importancia de la que les daría Jesús, y colaborar en los proyectos evangelizadores con los diezmos y primicias de la vida.
Entendemos por compromiso de Castidad: Un serio compromiso de amar a Dios y a los hermanos con pureza de corazón y rectitud de intención, ordenando la afectividad y sexualidad según los criterios de nuestro Creador.
Una autentica vida espiritual, una vida cristiana, una vida de amor consagrado es siempre una vida de escucha con autentico sentido eclesial: “ El que tenga oídos que oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap.2,7)
[1] Código Derecho Canónico 298
[2] Código Derecho Canónico 299
[3] Código Derecho Canónico 307
[4] Código Derecho Canónico 321
[5] Concilio Provincial Tarraconense 25
[6] Concilio Provincial Tarraconense 5
[7] Lumen Gentium 31
[8] Apostolicam Actuositatem 16
[9] Juan Esquerda Bifet, Caminar en el amor, dinamismo de la vida espiritual. Atenas, Madrid 1990 pg.131
[10] Evangelii Nuntiandi 77
[11] Catecismo Iglesia Católica 872-873
[12] Evengelii Nuntiandi. 10
[13] Lumen Gentium 31
[14] Lumen Gentium 34,40
[15] Cardenal Carles, El estudio espiritual del evangelio, Carta Dominical, Barcelona 29 agosto 1999
[16] Puebla, 663
[17] Cardenal Carlo M. Martini, Hombres y mujeres del Espíritu, Sal Terrae, Santander 1.998
[18] A. García Rubio, Diario de un asombro, D.D., Bilbao 1997, 84
[19] L.Boros, El hombre y su Dios, Ed.Paulinas y Ed.Verbo Divino, Estella 1972, 122
[20] Jose A. Pagola ,Dios amigo, Pliego Vida Nueva nº2.198
[21] Jose A. Pagola, obra citada
[22] Juan Esquerda Bifet, obra citada pag. 173
[23] Juan Esquerda Bifet obra citada pag. 177
[24] Juan Esquerda Bifer, obra citada pag.176
[25] Cfr. Lumen Gentium 34 y 40
[26] Lumen Gentium 31
[27] Evangelii Nuntiandi 5
