
Éste es el prototipo de toda comunidad cristiana:
- La comunidad cristiana no puede funcionar si no conoce el mensaje de la Buena Nueva, por eso es necesario reunirse para escuchar la enseñanza de los apóstoles.
- La comunidad cristiana no puede funcionar si no vive el mensaje de la Buena Nueva, por eso es necesario que se reúna para compartir los bienes.
- La comunidad cristiana no puede funcionar si no comparte los bienes redimiendo y liberando con la fuerza de Jesús, por eso es necesario que se reúna para alimentarse del mismo pan consagrado que Jesús nos deja como memorial.
- La comunidad cristiana no puede funcionar si no busca hacer todas las cosas de acuerdo con la voluntad del Padre, por eso es necesario reunirse para revisar, buscar, pedir lo que sea necesario en nombre de Jesús y dar gracias.
Pero cabe recordar que esta comunidad no nace como consecuencia de la simpatía de los apóstoles por Jesús ni de la amistad entre los apóstoles, ni de su decisión de continuar la obra de Jesús. Lo que provoca la constitución de esta comunidad es la respuesta radical a la llamada que reciben de Jesucristo a través de la proclamación Kerigmática de los apóstoles llenos del Espíritu Santo.
Releer este fragmento no ha sido accidental, el padre Joaquín me lo indico en un momento de crisis, de nubarrones..., en que personalmente me encontraba ante la situación de mi diócesis. Esta relectura no me ha aportado, quizás, nada nuevo, pero me ha resituado en lo que es fundamental:
1- La Iglesia y toda comunidad que en ella crece es una familia, familia de Dios (cf. Ef 2,19-22). Esto comporta que tenemos un Padre y una Madre y que tenemos hermanos, y como las familias normales ni lo uno ni lo otro lo hemos elegido, ni el Padre, ni la Madre, ni los hermanos. Si, verdaderamente nos creemos la realidad del Reino, a los hermanos los hemos de amar en su realidad aunque esta realidad nos duela, nos desoriente...
2- La Buena Nueva que nosotros hemos de hacer presente en este mundo, no es una invención humana (cf. Ga 1,11-16), es el querer de Dios. Entonces pensemos que todo lo que hagamos ha de estar en función de este “querer de Dios” y no del querer egoísta del hombre.
3- Un elemento clave es la unidad: un solo Señor, una sola fe (Cf. Ef 4,1-6). Debemos trabajar por mantener esta unidad que debe ser característica de la Iglesia, así lo expresamos en Credo, entendiendo que nuestra singularidad no es más que un don del Espíritu para hacer presente a Cristo. Esto implica la aceptación y respeto de la singularidad de los demás y así evitar exclusiones. Qué podría hacer yo sin el ojo o sin la mano?
4- Este cuerpo tiene como cabeza a Cristo; como condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios; por ley el nuevo mandamiento del amor; y como fin hacer presente en cada momento, en cada situación, el Reino de Dios.
El Espíritu Santo guía a la Iglesia en su misión, la acompaña con signos que dan testimonio del Señor resucitado, y deja constancia de su acción continua, especialmente en la comunión fraterna de las comunidades cristianas (cf. Hech 16, 4-10 y Hech 13,1)