
Carta Dominical
3 junio 2001
Recuerdo hoy, día de Pentecostés, del Espíritu Santo, que, siendo todavía un adolescente, un día le comenté a mi director espiritual -a propósito de las palabras de Jesús: "Si alguno me ama, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él"- que comprendía la presencia del Padre y del Hijo en nosotros, pero que el Espíritu Santo no estaba. Mi director me dijo: "El Espíritu Santo está en tu enamoramiento de Dios; está en tu capacidad de pensar en Dios. La misma posibilidad de que ahora tú me estés hablando de Dios, eso es Espíritu Santo. No lo ves, pero el Espíritu Santo es el que actúa en tu interior".
Ciertamente nuestra relación con el Espíritu es diferente, desde nuestra inteligencia y desde nuestra percepción, de la relación con las otras dos personas de la Trinidad. Y ello por una razón que parece bastante clara: porque el Padre ha sido el término de una relación objetiva desde el Antiguo Testamento. Los hombres de Dios han hablado de él, de Yahvé, de Dios Padre, y le han hablado a Él. En el Nuevo Testamento, Jesucristo ha sido también y lo sigue siendo, el término de una relación objetiva. El Espíritu Santo, en cambio, normalmente no ha sido el término de una relación objetiva. Porque no quiere tanto que lo veamos, cuanto ser en nosotros el ojo penetrante de la gracia.
A veces comparo el Espíritu con nuestros ojos. Desde buena mañana hasta la noche lo vemos todo con nuestros ojos: la habitación, los libros, el sagrario, las personas... Todo lo vemos menos los mismos ojos. Si no hubiera espejos o superficies brillantes donde se reflejan, acabaríamos el día y aún moriríamos sin haber visto nuestros ojos. Algo semejante, aunque a infinita distancia, es el Espíritu Santo: no quiere tanto que lo veamos cuanto ayudarnos a ver desde Dios, como Dios, toda la realidad. Por eso puede decirse que es el ojo penetrante de la gracia.
Donde hay Espíritu hay transformación del sujeto, hay santificación. Recuerdo aquella expresión del teólogo Von Balthasar que dice que la gracia que nos otorga el Espíritu Santo "está tallada a la medida de cada persona". No se trata de un influjo etéreo o indefinido, no. Es una gracia tallada según la personalidad de cada uno.
El Espíritu conforma y urge cada persona para cumplir la misión que el Padre había previsto. Y el mismo cristianismo sólo es verdad completa si llega a la subjetividad, historicidad y personalización individuales. El Espíritu tiene una misión innovadora acompasada a la libertad de cada hombre, al tiempo en que vive y a la misión que Dios otorga a cada uno.
De todo cuanto antecede se deduce que lo que más hemos de cuidar en el hondón de nuestra alma es la intimidad nuestra con Dios de corazón a corazón. Y esta intimidad viene de ver a Cristo en los otros, viene con la presencia de Dios de muchas otras maneras, según las diversas psicologías y ritmos de vida. Pero siempre desde esta intimidad en el hondón del alma. Y muy confiadamente y muy claramente hemos de comprender que eso no es fruto de un esfuerzo nuestro, no es fruto de nuestro voluntarismo, sino que el enamoramiento que tenemos de Dios es reflejo de la eternidad en nuestra vida, gracias precisamente al Espíritu Santo. Agradecemos que la iniciativa de esta gracia, la continuidad y el crecimiento estén en las manos del Señor.
† Ricard M. Cardenal Carles
Arzobispo